Renacer

Hoy vengo en profundo. Quiero hablarles de mi y de quien soy.

Esta no es una presentación, esta historia personal no va de contarles mis estudios, mis aspiraciones o mis metas a largo plazo. Quiero contarles ahora algo personal, hablarles de mi vida, exponerles un pedacito de mi alma.

Un par de días atrás se cumplieron 8 años de haber emigrado de Venezuela. Sinceramente aun no defino todo el contorno de las emociones que siempre me despierta sumarle años a ese momento de mi vida. Son emociones diversas, puedo desde sentir orgullo por nuestros logros, hasta sentir nostalgia por los recuerdos. Ahora mismo, en honor a esta costumbre aprendida de soltar, costumbre que viene siendo parte de mi desde hace unos años, quiero contarte como fue y también como es vivir bajo esta figura migratoria que se transforma con el tiempo. Quiero contarte las sombras del sentimiento de morriña y al sentimiento de pertenencia que se le ata contradictoriamente, aunque ya sin sorpresas, a este mi otro país.

Salir de Venezuela fue muy triste, fue traumático, estuve meses sin poder hablar de la experiencia tan ruda que vivimos en el aeropuerto al momento del embarque. No podía hablar de ello porque se me removían las entrañas, porque se me cerraba la garganta y lo que seguía era asfixia y llanto. Al mismo tiempo, como el cerebro es una máquina perfecta, encontró la manera de protegerse del recuerdo. Ese mecanismo perfecto y necesario para momentos parecidos se llama disociación (quizás en otro post te hable un poco más de ello). Lo que pasó fue que, dicho en palabras en palabras simples, dejé de pensar en ello y comencé a vivir caminando detrás de mi pareja, haciendo lo que tenía que hacer para salir adelante, cargando con tristeza, apego, rabia e incertidumbre. Las condiciones en las que nos fuimos de Venezuela no fueron extremas en función de legalidad migratoria, eran extremas en función de economía, de leguaje, de inexperiencia y de morriña como te mencioné anteriormente.

Con el tiempo se fueron logrando metas, incluso volví a Venezuela de visita luego de año y medio. Lo que me sirvió para expiar muchos miedos y culpas. También bastó una pandemia y mucho trabajo interno para entender que todo aquello que mi cerebro había bloqueado tenía que ser mirado con lupa y así comprender que no soltaría el duelo migratorio hasta que no entrara en aceptación. Pero sobre todo fue importante finalmente ver que sentirlo estaba bien, que no le debía a nadie la fortaleza con la que le ponía mascara a todo lo que sentía encapsulado por dentro. Que no va de llorar, de reír, ni siquiera de expresar, que va de sentir.

Descubrir lo importante que era concederme el permiso de sentir me abrió las puertas. Dejo pasar el aire y que se me ventilara la cabeza. Pude dar el permiso para ver y disfrutar las nuevas oportunidades, me permitió reconstruir a la Anasofia que comunicaba, a la Anasofia que amaba enseñar, a la mujer que si conocía. Siendo lo mas significativo de este reencuentro con mi propio ser, la integración necesaria entre mi yo pasado, con mi yo presente. Así pude finalmente abrazar todas las emociones de mi niño interno y hacerlo desde mi adulto, fue importante porque me conectó además con el saber universal.

En ese reencuentro conmigo renací.

Ya el nuevo idioma no me sonaba ajeno, las calles transitadas las veía desde una mirada diferente, me enamoré del autobús que me llevaba y traía, me enamoré de su impuntual puntualidad y también de su silencio. Renací como el fénix, entre mis cenizas, renací aceptando que estaba bien si los recuerdos felices me sacaban lágrimas y que sentir hondamente, desde lo banal, hasta lo grande simplemente me caracterizaba y que abrazar a esta mujer que ahora soy, entenderla, conquistarla y amarla, tenía que ser el primer objetivo de todos mis días.

Llegar a esto no fue fácil, fue un trabajo lento y muchas veces doloroso. Me aplaudo de pie por iniciarlo, por continuarlo, por seguir cultivándolo, por permitirme hondar en mi, por ponerle nombre a mis miedos, carencias y heridas. Gracias a decidirlo y perseverar en ello, gracias a continuar conociendo mis procesos he logrado liberarme de muchas creencias limitantes, de muchos juicios, he logrado reconocer lo que me suma y dejar ir lo que me resta, he conseguido abrir las manos para recibir.

Creo que el camino del autoconocimiento nunca termina, somos seres fascinantes y complejos. Hoy tras haber definido mi duelo migratorio y tras entender que la perdida particularmente me aterra, he adquirido una conciencia sobre mis pensamientos amplia, que me ayuda a permitirme sanar, que me abre los ojos, me despierta y me estimula a superarme. He mirado de cerca mis obsesiones, he aprendido a domarlas, a recoger a la fiera cuando se suelta, a saber, que equivocarme no me hace mala persona y que al contrario me humaniza. Aprendí que el ego puede ser mi peor enemigo, que si lo dejo entrar me consume. Aprendí que los juicios vienen desde su posición y que siempre que los verbalizo lo hago desde un lugar incorrecto. Cuando vemos con juicio nos elevamos sobre el otro y es incorrecto simplemente porque todos somos iguales. Entendí que la culpa era positiva cuando no nos victimizaba y más bien cuando nos servía de trampolín.

Le di el título de renacer a este artículo porque hoy más que nunca me siento así, con las energías renovadas, con ganas de construir mis sueños, motivada, poderosa, capaz.

Quiero agradecer públicamente a mi país Venezuela las bases de mi ser. Venezuela te honro, gracias por formarme, por nutrirme de tu saber social, por pintarme la piel morena, por regalarme mis más profundos amores. Siempre seré Venezolana y quiero hacer hoy de esto un ritual psicomágico. Quiero decirte Venezuela que hoy me permito soltar todos los recuerdos dolorosos que tengo atados a ti. Suelto de ti lo que en algún momento pesa. Rescato de cualquier experiencia negativa el aprendizaje y te pido permiso para seguir disfrutándote desde la alegría, para avanzar en mi vida, para servirme de mi presente, para poder decirle a mi ser emocional que siempre vas a estar ahí, pero que el presente es aquí y que eso está bien. Gracias Venezuela. Siempre tendré tatuado en el corazón tu hermoso tricolor.

Alemania, País que me recibió con los brazos en la posición justa, correspondiente. En la que buscaba desesperadamente, lo que hoy reconozco que necesité siempre, desde el momento que dije, si. Hoy me hago cargo desde mi adulto de esa decisión que tomé hace ocho años. Hoy abro los brazos con las manos vacías para poder recibirte, para poder abrazarte.  Alemania país que me sana, me arropa y me brinda oportunidades de las que hoy me siento digna y merecedora. Te doy las gracias. Te recibo con amor, con afecto y en paz. Estoy lista para ti, no me siento ajena, te honro, te bendigo y te agradezco, todo lo que hoy tras despertar puedo ver limpiamente. Gracias, gracias, gracias.

Querido lector,

Con sinceridad, no se que puedas pensar de lo que has leído aquí, pero tampoco me ocupa el pensamiento. Mi intención al dejarte este momento de confesiones es simplemente compartirte una experiencia propia. Si te sientes parecido, o si transitaste algo similar, te abrazo con el alma. Entiendo lo que significa. Si quieres contármelo aquí estoy para escucharte. Gracias por llegar hasta aquí.

2 comentarios en «Renacer»

  1. Como siempre tus escritos te describen,sigue adelante como la niña independiente que siempre fuiste y en una gran mujer y madre se ha convertido.

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