Manifiesto de Soberanía

Prohibido

El Poder de Nombrar la Roca

Un manifiesto de liberación

Prohibido

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Sin saberlo, tenía terminantemente prohibido mandarme al carajo... hasta que dije: basta. Lo necesito.

Todo comenzó el 10 de julio de 2015, cuando me rompí en pedacitos en el aeropuerto de Barquisimeto, Venezuela. Empezó ese día por ser el camino a la transformación de ese ser que hoy soy; que busca seguir hurgando en sí misma para encontrar el equilibrio entre la chica que fue y la mujer que es hoy.

La balanza estaba inclinada al pensamiento, a procesarlo todo, sintiéndolo todo inmensamente, sí, pero desde la mente. La migración vino con cachetadas emocionales violentas que me hicieron despertar, para darme de frente contra la pared de un mundo emocional de fuego al que antes solo veía arder. Tuve que entrar forzosamente para quemarme entera... para resurgir.

Ahí, en ese ardor, en esa inclinación al fondo del sentimiento, en permitirme sentir para nombrar, en expiar todos mis pecados, mis culpas, mis miedos... es donde, poco a poco, he ido poniendo contrapeso.

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Soy migrante. Estoy criando fuera de casa. Esta experiencia migratoria me ha hecho pelearme con la vida muy desde el "yo" y en silencio, hasta que me adueñé de las palabras que había dejado en Venezuela y comencé a escribir de nuevo. Comencé a novelar mis pérdidas, a maldecir mis crisis y a quedarme fuera del papel con la purga de ello; de vomitar todo sin tapujos, sin ruidos, en solitud. De sacarme del cuerpo no la emoción de fuego, sino el pensamiento obsesivo; de glorificar mi ser para entrar en conexión con esa artista autocompasiva, perfeccionista y cobarde que aún se me escurre entre los dedos.

Soy creación, y esa parte de mí, ahora mismo, la voy a mandar al carajo.

La mando al carajo con todo lo que aún pesa de lo poco noble de haber migrado. La mando al carajo junto a este sistema ambiguo que me acarició el cabello en los momentos más vulnerables de mi vida, donde perdía la ilusión de la vida nueva que se escapaba de mi cuerpo. La mando al carajo cuando ese mismo sistema ejerció presión sobre nosotros.

La mando al carajo porque fui conducida, con mis vulnerabilidades y debilidades, por el camino recto de la etiqueta; y les permití encajonar un amor único en mi vida. Les permití tratarlo como uno más, calzarlo en un maldito estándar que lo juzgó sin verlo, sin sentirlo.

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Te pido perdón, amor mío, por no haber entendido todo. Por no verlo tan claro. Por haber sentido tanto miedo, por haber dudado. Esta experiencia de mierda me enseñó que ahora, la única que tiene el control, soy yo.

La falta de confianza en mí misma se abre paso; salpica muchas veces a quien tengo al lado y también a mi descendencia. A ese gusano mental que se alimenta del amor propio que quiero cultivar, también lo estoy mandando al carajo. Porque llegó el momento de aceptar que no hay nadie más responsable de mi vida que yo.

Llegó el momento de tomar el mando, de tomar el control, de dejar las excusas y salir con la frente en alto. De soltar los resquicios de miedo que aún me paralizan; de tomar la decisión consciente de que no puedo temerme a mí misma. Mis musas, las que me hacen traducir en palabras mi sentir, son parte grandiosa de un algo mayor que, aunque no pueda ver ahora mismo, lo puedo sentir. Lo siento en mi pecho, que se enciende al escribir esto; en mi cuerpo, que se eriza cuando mi alma vibra de pura conexión con el amor más profundo: el que crea y se expande.

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Dicho esto, mando al carajo esa necesidad de encajar, de ser buena, de no querer molestar. Mando al carajo el "no sufro" y el "soy muy madura". Que se vayan a la mierda las cadenas que me ataban a lo que suponía que una mujer espiritual debe ser, porque ese deber no existe. Ese deber es la traducción literal de mi nombre y apellido. Ese ser soy yo: sin máscaras, sin barreras, desnuda por decisión propia.

Porque hoy entiendo que esta libertad no nació de la nada; nació el día que dejé de arrastrar mi roca en silencio y me atreví a nombrarla. Esa piedra que me hundía la espalda hoy es el cimiento de mi nueva arquitectura. Ya no me pesa, me ancla. Ya no me detiene, me da la energía necesaria para que mi presencia sea real, pesada y presente.

Este es un manifiesto de amor. De amor a mí misma, por lo que fui y por lo que soy. Por todas las versiones de mí que en un mundo paralelo se construyen; versiones renovadas que saben, desde este momento, qué parte de sí mismas ya se han ido al carajo.

Bienvenida a tu nueva vida, mujer. Bienvenida a tu fuego, a la soberanía de gobernar tu vida, a tu "yo" envuelto en la tierra sagrada que pisas. Sucia de presencia real, con el corazón a mil por hora, dueña de ti y para ti.

El Poder de Nombrar la Roca

La libertad que acabas de leer no es un golpe de suerte ni un rapto de inspiración divina. Es el resultado de un acto de soberanía radical: nombrar mi Roca. Durante años, cargué con un peso que no me atrevía a mirar, creyendo que si lo ignoraba, desaparecería. Pero la libertad real solo llega cuando te detienes, miras de frente eso que te aplasta y le pones nombre. Al nombrar mi roca, le quité el poder de hundirme y la reclamé como mi propiedad.

Mi roca ya no es un lastre migratorio, ni un error del sistema, ni una debilidad. Ahora es mi cimiento. Este manifiesto es la prueba de que cuando dejas de ser víctima de lo que te pesa, te conviertes en la arquitecta de tu propia vida. Nombra tu roca y habrás empezado a ganar.

¡ADUÉÑATE DE TU ROCA!

Este texto no fue un ejercicio literario. Fue una purga.

Estoy preparando Manifiesto de Soberanía, un espacio donde te enseñaré a transmutar tu historia, reclamar el peso de tu verdad y firmar tu propia Ley de Vida.

Por reciprocidad, serás de las primeras personas en enterarte.

Gracias por leerme.

Gracias por sostener mi arte.

Gracias, gracias, gracias.

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